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10/11/09

Ann Radcliffe

La reina de lo gótico


La reina de lo gótico, tal y como la llaman los aficionados al género, abandonó la literatura consumida por la melancolía en que la sumieron la pérdida de sus padres y la enfermedad degenerativa que se apoderó de su marido. Sorprende que la tristeza le llevara a dejar la pluma en lugar de a cogerla con más fuerza, presta a dar cuenta de sus tristezas. Pero sorprende más que una puritana, pues eso era Ann Radcliffe al igual que cualquier otra inglesa de su clase y de su época, alumbrara los horrores que alumbró en textos como: Los misterios de Udolfo (1794) y El italiano o el confesionario de los penitentes negros (1797).



Nacida en Londres, el 9 de julio 1764, fue la de miss Oates –Radcliffe era el apellido de su marido– una familia acomodada. Prósperos comerciantes, no faltaban entre ellos amantes de la cultura. Si bien la educación que procuraron a la joven quedó reducida a algunas nociones de arte y a otras de música, las aficiones de la muchacha a la lectura alimentaron su espíritu creador. Apunta Agustín Izquierdo en el prólogo a la última edición española de El italiano que, entre las obras favoritas de la joven Ann, siempre destacó Macbeth. Ello podría explicar esa pasión de la autora por el tenebrismo.




Casada en 1787 con William Radcliffe, de quien como toda abnegada esposa de su tiempo tomará el apellido, aunque su marido es estudiante de Derecho acabará por dedicarse al periodismo. Propietario mister Radcliffe del semanario English Chronicle, alentará en todo momento la actividad literaria de su esposa. Ya en su primera novela, The castles of Athlin and Dunbayne” (1789), deja constancia de que sus presupuestos estéticos están basados en los principios expuestos por Edmund Burke en Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello (1756). Según estos, cuanto puede excitar la idea del dolor o del peligro es fuente de algo sublime.

Enmarcada de lleno en el género que causa furor entre los lectores de la segunda mitad del siglo XVIII, Ann Radcliffe conoce el éxito desde sus primeras publicaciones. Justo es señalar que su obra es muy superior a la de Horace Walpole y que con ella la novela gótica alcanzará su máximo esplendor. Casi siempre enmarcadas en Italia –más por el consabido prejuicio anglosajón ante el mundo latino que por un verdadero conocimiento de la escritora de aquella península, habida cuenta de que la única vez que salió de Inglaterra fue para viajar por Francia y Alemania–, publica A sicilian romance (1790) y The romance forest” (1791). Los castillos en ruinas, las puertas misteriosas, las músicas embriagadoras y los espectros que pueblan sus páginas, en las que bellas doncellas son objeto de una despiadada violencia, son capaces de suscitar un temor inusitado en el lector. De no ser por la maestría de la autora, difícilmente hubiera podido admitirse tanta truculencia y tan inverosímil sin esa carcajada que inspiran los terrores que no asustan.



Un mundo tenebroso y laberíntico

Los misterios de Udolfo, primera de las obras maestras de Radcliffe, ve la luz en 1794. En ella se nos propone la triste experiencia de Emilia de St. Aubert. Es ésta una bella gascona, huérfana y tutelada por una cruel tía casada con un siniestro italiano, el señor Montoni. Para apartar a la joven de Valancourt, su amor, sus tutores la recluirán en el castillo de Udolfo, tétrica fortaleza de los Apeninos donde la autora pondrá en marcha en marcha toda la terrorífica imaginería gótica o, si el lector lo prefiere, romántica.


Tres años después, mientras las ediciones de Los misterios de Udolfo se siguen sucediendo, Ann Radcliffe da a la estampa El italiano o el confesionario de los penitentes negros. Su argumento es una variación de la misma propuesta incluida en su primera entrega. En esta ocasión, nuestra heroína responde al nombre de Ellena di Rosalba; el malvado, al de Schedoni. Sienta éste las bases de un prototipo del género: el del clérigo despiadado, que tanto complace al lector anglosajón, ávido de tener noticias de las crueldades de “los papistas”. Secuestrada por Schedoni, la bella Ellena será arrojada a un mundo tenebroso y laberíntico donde el convento –uno de los principales ámbitos del terror gótico– precede al castillo.


Para desgracia de los aficionados al género, tras la publicación de El italiano o el confesionario de los penitentes negros, su autora deja la pluma. Únicamente volverá a cogerla en el otoño de sus días para escribir Gastón de Blondeville. Será una ficción ambientada en la Edad Media, más cerca de la novela histórica que de la gótica, de publicación póstuma. Ann Radcliffe, cuyo talento hace que olvidemos sus muchos prejuicios ante el mundo latino, murió en Londres, el 7 de febrero de 1823.

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