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10/11/09

Charles Robert Maturin


El último y más grande de los góticos



Es a Charles Robert Maturin a quien corresponde la cumbre de la novela gótica en los mismos días en que aun se conservaba un recuerdo nítido de las obras de Ann Radcliffe, Matthew G. Lewis, William Beckford y –aunque esto último obra en su favor– de ese desatino alumbrado por Horace Walpole en 1764 bajo el título de El castillo de Otranto.

De él, de Maturin, dejó dicho Lovecraft con el acierto que caracteriza casi todos los juicios de cuantos le precedieron en el cultivo de la literatura alucinada “fue el último y más grande de los góticos”. Tras Maturin, el género no hizo sino iniciar un vertiginoso descenso que sólo remontaría con Poe, “deidad y referencia de toda ficción diabólica” (Lovecraft). Admirado igualmente por los grandes románticos ingleses –Walter Scott y Byron fueron sus padrinos–, el gran Maturin murió pobre y arruinado. Aumentado así, si cabe, su grandeza.



Nacido en Dublín, el 30 de octubre de 1782, fue el padre del futuro escritor un funcionario estatal cuya familia, de origen francés como su propio apellido indica, halló refugio en la capital irlandesa después de que el Edicto de Nantes desatara en Francia las persecuciones contra los hugonotes. Educado en el Trinity College de su ciudad natal, cuyas aulas, cincuenta años después, acogerían a Bram Stoker, Maturin obtuvo el título de bachiller en artes en 1800.

Casado con Henriette Kingsbury en 1802, el matrimonio le impidió continuar los estudios, yéndose a ordenar sacerdote en 1803. Su primer destino fue el de coadjutor en Longhrea, cargo que con posterioridad desempeñaría en la iglesia de St. Peter de Dublín. Aquellos primeros años de matrimonio, habrían de ser los últimos que disfrutara de cierta estabilidad económica. Mucho fue el tiempo libre de que disponía y lo emplea en la que, junto con las mujeres, habría de ser su gran afición: la lectura.

Fruto de aquella pasión por las literaturas clásicas, sus favoritas según se desprende de la relación de títulos que nos propone uno de los personajes de The wilde irish boy (1808), nace su primera novela, La venganza fatal o la familia de Montorio, que da a la estampa en 1807 con el seudónimo de Dennis Jasper Murphy. El mismísimo Walter Scott no escatimará elogios al texto en la reseña que le dedica en la Quaterly Review. Tanto es el entusiasmo que Maturin despierta en el autor de Ivanhoe que viene a demostrar una cosa: el ideal de la narrativa romántica es gótico por excelencia.



Ascenso y caída en el teatro

Tras la muerte de su padre en 1809, perdida con su progenitor la renta que le dispensa, Maturin sabrá de las estrecheces económicas. Ante este panorama se empleará como profesor particular. Pero las lecciones que imparte a domicilio a sus pupilos no tardarán en dar paso a una dedicación plena a la literatura. Tras una nueva novela aparecida con su seudónimo habitual, The milesian chief (1811), decide renunciar al nombre de pluma. Escribe a Scott para ponerle al corriente de su verdadera identidad.

Entre los dos escritores no tardará en surgir una amistad que se mantendrá hasta la muerte del que nos ocupa. Por mediación directa de Scott y con el asesoramiento de Byron, en 1816 Maturin estrena en 1816 en el New Theatre Royal de Londres su drama Bertram o el castillo de San Aldobrand. Pero el aplauso que nuestro escritor recibe como autor dramático será breve. Sus siguientes piezas para la escena –Manuel (1817) y Fredolfo (1819)–, al igual que una nueva novela –Women (1818)– constituirán sonados fracasos.



Obra maestra

Cuando todo el mundo parecía dar por terminada la carrera literaria del disoluto y extravagante clérigo que Maturin fuera durante toda su vida, el escritor da a la estampa su obra maestra, Melmoth el errabundo. En sus páginas se nos refiere el dilatado periplo de John Melmoth a lo largo de dos siglos de inmortalidad. El clásico tema del pacto diabólico alcanza aquí una de sus cotas más altas.

Melmoth –para Balzac a la altura del Fausto de Goethe– en el terreno sobrenatural es una síntesis de Mefistófeles y el vampiro. En lo que a sus formas terrenas y a su libertinaje se refiere, se encuentra próximo al dandi byroniano. Aburrido por la vida eterna, que elimina el azar, de los siniestros manicomios ingleses viaja a la España de la Inquisición sin otro deseo que traspasar su triste destino a otro desdichado tan ambicioso como lo fuera él antaño.

Además de Balzac, quien retomó la figura de Melmoth en Piel de zapa, también fueron admiradores confesos de Maturin: Thackeray, Rossetti, Baudelaire y Poe. Ahora bien, ninguno de ellos llegó tan lejos como Oscar Wilde, quien, en su exilio parisino tras su experiencia carcelaria en Inglaterra, se hacía llamar Sebastian Melmoth en homenaje a Maturin. El clérigo que habría de legarnos algunos de los más bellos horrores que ha dado la literatura universal murió en la pobreza. Era el 30 de octubre de 1824.

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