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17/1/10

Dolores Veintimilla de Galindo


"Acábese, por Dios, nuestra criminal indiferencia respecto de las mujeres; alentémoslas, saquémoslas a la luz para que fueron creadas, sentémoslas a nuestro lado y busquemos en ellas la mejora de nuestra propia condición."
Juan León Mera




Nace en Quito en 1829, época de luchas revolucionarias y guerras civiles. Dolores Veintimilla, de alma libre y gran sensibilidad es el ejemplo vivo del espíritu romántico que ella anticipa en el país.

Su vida y obra están cruzadas permanentemente por la sombra de la incomprensión y la intolerancia. Su espíritu rebelde y su hipersensibilidad la elevan a la categoría de heroína romántica y trágica, a la vez que la predisponen al sufrimiento y a la maledicencia de la sociedad.

Casada muy joven se traslada a Guayaquil y luego a Cuenca, en donde se queda junto a su hijo, en espera del marido quien tiene que salir de viaje fuera del país.

Organiza tertulias literarias que motivan murmuraciones sobre su comportamiento. La situación se complica cuando, en abril de 1957, Dolores, por medio de una hoja volante, Necrología, defiende a un indígena condenado a muerte bajo la acusación de parricidio. (Y este parece ser el primer alegato en Ecuador contra la pena de muerte, vigente entonces).

Se multiplican entonces las calumnias y los maltratos contra la escritora, quien es tildada de inmoral, atea, panteísta.

Muere en 1857, tras ingerir cianuro. No cumple aún los 28 años de edad. Deja una nota de despedida a su madre en la que dice:




No pudo ser enterrada en Campo Santo por su forma de muerte, años más tarde llegaría el marido a exhumar sus restos y a trasladarlos a un lugar digno. Pero hasta hoy nadie sabe dónde descansa.


Según la investigación realizada en 2005 por la revista "Tierra Incógnita" los restos de la escritora estarían enterrados en Supayhuaico (Hueco del diablo), Cementerio de los Pobres, junto Cementerio General de Cuenca.






Fragmentos

EXPRESO
En la mira

Entre la leyenda y su realidad

 “Perdón una y mil veces. No me llore. Le envío mi retrato, bendígalo: la bendición de una madre alcanza hasta la eternidad. Cuide de mi hijo y déle un adiós al desgraciado Galindo. Me he suicidado”.

“Era su carta de despedida, a los 28 años. La poetisa Dolores Veintimilla le puso fin a su vida en 1857, agobiada por la infidelidad de su esposo, pero, cuenta la leyenda, que su espíritu quedó atado a un sillón ahora corroído por el tiempo.

Lidia Rodríguez de Abad Valenzuela adquirió esta antigüedad hace 50 años, en Cuenca, y lo mantiene en la sala de su casa en el Barrio del Centenario. El anticuario que se lo vendió lo advirtió: ningún hombre debe sentarse allí porque la poetisa “a eso de las dos de la mañana le hace horrores”.

Cuando aquel político, del que prefiere reservar el nombre, creyó que se trataba solo de una historia creada para causar miedo y se sentó en él, sintió su presencia. “En la madrugada creía que le halaban los pies, que lo tocaban y que le hablaban. Estaba desesperado”, cuenta Lidia de Abad. El ex presidente José María Velasco Ibarra, amigo de la familia, no se arriesgó. Con un tapiz azul, este sillón destaca por su historia entre las decenas de objetos de esta multifacética mujer que fue directora del Museo Municipal de Guayaquil por una década.

En su domicilio está también la campana de oro y bronce con la que Dolores Veintimilla convocaba a los poetas al parque, a las diez de la noche, para sus reuniones culturales…”

2009/11/25


Fuente:
teachers.cmsfq.edu.ec/.../Dolores_Veintimilla_de_Ga%5B1%5D.doc


http://www.expreso.ec

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