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24/1/10

La mañana

Julio Zaldumbide Gangotena



Leve cinta de luz brilla en Oriente,

como la fimbria de oro

del ropaje del sol resplandeciente;

y éste es el nuncio de la luz del día.

El pueblo de las aves que dormía

en el regazo de callada noche

rompe el silencio en armonioso coro,

y un cántico levanta al que infalible

su cotidiano sol al mundo envía.

Raya el alba; las sombras que esparcidas

por los aires, tejían silenciosas

el tenebroso velo

en que yacía envuelto el ancho suelo,

ciegas ante la luz y confundidas

se rompen, al ocaso retroceden,

y el espacio y el cetro al día ceden.

Recoge el manto la vencida noche,

y aparece triunfante

entre aplausos y goces de victoria,

en su inflamado coche,

el Rey del Cielo espléndido y radiante.

Cunde al punto la luz de la mañana,

se alegra el valle, el monte resplandece,

la niebla que en la noche cubrió el suelo

se rompe fugitiva y desvanece,

o en ondeantes penachos sube al cielo.

Bulle el viento en los árboles sonoro,

brilla en las verdes hojas el rocío,

murmura el arroyuelo

entre las flores dulce, y más osado

rumor levanta el impetuoso río;

allá resuena la floresta umbría

con el alegre, bullicioso coro

de pájaros cantores.

Despiertan la cabaña y la alquería;

del humo del hogar al cielo sube

la doméstica nube,

y la vista recrea

el afanar del laborioso día:

ya el labrador empuña el curvo arado,

y alegre con la idea

de la futura henchida troje, rompe

el seno inculto del fecundo suelo,

poniendo la esperanza y el cuidado

en el labrado surco y en el cielo;

se abre el redil y saltan las ovejas

y vanse por el campo derramadas

la tierna grama que mojó el rocío

paciendo regaladas.

Allá se agita, la afanosa siega

y la dorada espiga

al corvo diente de la hoz entrega

el precioso tesoro,

galardón del sudor y la fatiga.

¿En dónde estás ahora,

oh noche, ciega noche engendradora

de larvas espantosas?

¿Dónde llevaste ya tu triste luna,

y tu corte de estrellas silenciosas?

Éste es él sol, que el alto cielo dora.

Éste es el sol, que viste

la campiña de espléndidos colores:

pintadas brillan a su luz las flores;

a su luz resplandece

la vívida esmeralda de los montes,

y aspirando en su luz Naturaleza

de inmortal vida el poderoso aliento,

rejuvenece su inmortal belleza.

Éste es el sol, a cuya luz el mundo

sacude el sueño que durmió profundo

en tu regazo, oh noche, y resonante

gira de nuevo en su eje de diamante,

lleno de juventud, de vida lleno,

como en aquel primero día, cuando

el ciego Caos fecundó tu seno,

y echaste dél afuera

la creación entera

que giró en los espacios rutilando.

¡Salve, oh tú esplendoroso

Rey de los otros orbes, sol fecundo!

Mi voz con la del mundo,

salve, te dice, genitor glorioso

de toda vida y todo ser que encierra,

por cuanto abarcas en tu luz, la tierra.

¡Cuán de otra suerte, oh sol, te saludaba

cuando yo, de los hombres

en el común tropel iba mezclado,

de la ciudad habitador hastiado!

El corazón marchito, el alma fría,

cegada ya la fuente

del entusiasmo, y el estéril tedio

consumiendo la flor de mi existencia,

mi juventud amada.

Tal era yo aquel tiempo, y tal vivía;

y entonces maldecía

tu refulgente luz, tu luz sagrada

porque ella no traía

placer al alma, ni al dolor remedio.

¡Ya ese tiempo pasó!... Hora que el cielo,

propicio en fin, mis votos ha cumplido,

dándome horas de paz, serenos días;

húndase en las tinieblas del olvido

esta de gran dolor época fiera;

no vengan sus recuerdos

a acibarar mis dulces alegrías:

regenerado estoy, y no quisiera

la idea conservar de lo que he sido.

A ti, naturaleza, esta que siento

inmensa vida rebosar en mi alma,

a ti la debo sola; tú eres fuente

de vida inagotable: el pecho triste

que se marchita al abrasado aliento.

De mundanas pasiones,

bañado en ti, renacerá al momento

al perdido vigor y nuevamente

encontrará perdidas emociones.

El infelice que bebió del mundo

el cáliz del dolor emponzoñado,

el labio ponga en tu raudal fecundo

y beberá el placer... Naturaleza,

tal hice yo, y en mí nuevo infundiste

gozo, desconocido a mi tristeza;

por ti mi herido pecho desmayado

vuelve a latir y en nuevo ardor se inflama,

y por ti en fin mi espíritu cansado

que aborreció la vida, ¡ya la ama!

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