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27/1/10

Los caballos del Apocalipsis

Numa Pompilio Llona


Ciegos huyen en rápida carrera;

y, de terror en hondo paroxismo,

en confuso escuadrón y espesa hilera,

derechos corren al profundo abismo.

Por largas horas, en combate crudo,

a invencible falange resistieron;

mas, arrojando al fin lanza y escudo,

la rauda grupa del corcel volvieron.

Pálidos, polvorosos, jadeantes,

tendidos con espanto en los arzones,

cual lívidos fantasmas, anhelantes

aguijan sin descanso sus bridones.

Toscos soldados, fieros capitanes,

revueltos huyen como indócil horda,

y de sus voladores alazanes

el sonante tropel la tierra asorda.

Por la llanura y la infecunda arena,

por fragosas pendientes y peñascos,

cual sordo trueno á la distancia suena

el rudo golpe de los férreos cascos.

El horizonte y soledad agreste

devora ardiente su mirada ansiosa,

y cerca ya la vencedora hueste

les parece sentir, que los acosa.

Y sentir les parece ya el ruido

del contrario bridón que les alcanza:

Y en su espalda su ardiente resoplido,

y entre sus carnes la punzante lanza!...

Por entre el polvo, a la menguante lumbre,

la expresión de los hórridos afanes

se ve de la apiñada muchedumbre,

y sus desesperados ademanes!

El uno, allá en el fondo, al firmamento

dirige inenarrable una mirada,

y alza en su mano trémula, sangriento,

el trozo inútil de su rota espada!

Crugiendo el otro de furor los dientes,

de su fuga en los ímpetus veloces,

ambos brazos abiertos e imponentes

al cielo eleva, con airadas voces!

Y ayes, imprecaciones y gemidos

por el rigor lanzando de los Hados,

todos por fuerza incógnita impelidos,

todos en confusión atropellados,

¡Allá van! cual ondeante se arrebata

furibunda corriente estruendorosa

y, cual rauda viviente catarata,

van a hundirse en la sima pavorosa!

¡Horror! ¡horror!... de todos el primero,

cuando aun el brío del corcel irrita,

desde el borde del gran despeñadero

ya al abismo sin fin se precipita.

Quiere el bruto cejar; más, acosado

por el recio talón o aguda espuela,

ciego ya de dolor, desalentado,

sobre el vacío despeñado vuela.

El lo alto, las pupilas dilatadas,

de hórrido espanto las narices hincha,

y convulso, y las crines erizadas,

con alarido fúnebre relincha...

Y el jinete de escuálido semblante

entre sus brazos con horror oculta,

y, de angustia infinita palpitante,

en el profundo abismo se sepulta!...

¡Pintor sombrío! en la visión siniestra

que en el lienzo fijó su osada mano,

la fantasía sin cesar me muestra

la triste imagen del destino humano!

De la vida en la lid, el hombre agota

todo el vigor de sus robustos años;

mas cede al fin ante la hueste ignota

de dolores y adustos desengaños.

Y, estremecido de su gran miseria,

el ser, -sobreponiéndose al espanto

del bruto vil de la soez materia

y a su propio terror y su quebranto,-

Por el furor injusto o la venganza

acosado, sin tregua, de la suerte;

dando un adiós eterno a la esperanza...

se arroja en el abismo de la muerte!

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