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28/1/10

Perfume eterno

Luis Cordero Crespo


Fiesta en el hogar había,

y me diste, esposa mía,

tu perfumado pañuelo,

que lo guardo con anhelo,

perfumado todavía.

Largo tiempo ha transcurrido,

desde que, dando al olvido,

toda mundana ventura,

te hundiste en la sepultura,

dulce tesoro perdido.

¿Vives en alguna parte?

¿He de volver a mirarte?

¿En dónde?... ¿Cómo?... Lo dudo.

¡Ah, tal vez la muerte pudo

para siempre aniquilarte!...

Sumido en hondo pesar,

cansado de meditar

en arcano tan sombrío,

saco el pañuelo, bien mío;

lo saco para llorar...

Pero, apenas desplegado,

me enseña que no ha menguado

la esencia que en él pusiste...

¿Será emblema de que existe

lo que juzgo aniquilado?

Sí, porque cuando el olor

percibo, sin ver la flor,

también mi espíritu siente


que me ilumina tu mente,

que me acaricia tu amor.

Y el Cielo me dice: Mira,

el alma que se retira

del cuerpo no se consume:

es un divino perfume

que, muerta la flor, no expira.

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