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10/11/09

Sade "El divino Marqués"

Sostuve mis extravíos con razonamientos. No me puse a dudar. Vencí, arranqué de raíz, supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres.




Desde que Rubén Darío se refiriera a Donatien-Alphonse-François de Sade como “el divino marqués”, han sido tantos los elogios dedicados por las mentes más preclaras de la cultura del siglo XX al hombre cuyas disipaciones fueron a dar nombre al sadismo que las contraportadas de aquellas ediciones de Editorial Fundamentos, en las que leímos a Sade en la transición, no eran sino fragmentos de aquellas alabanzas. En ellas supimos que para Roland Barthes, “la grandeza de Sade está en haber inventado un discurso inmenso, fundado sobre sus propias repeticiones (y no sobre las de los otros)”. Para Octavio Paz, “Sade proclama una suerte de declaración de derechos de las pasiones”, en tanto que Michel Foucault escribe sobre Justine y Juliette, dos de las obras más celebradas del marqués “en el nacimiento de la cultura moderna ocupan la misma posición que Don Quijote entre el renacimiento y el clasicismo”.

André Breton y los surrealistas lo proclamaron «Divino Marqués» en referencia al «Divino Aretino», primer autor erótico de los tiempos modernos (siglo XVI). 

Descendiente directo de Laura Noves, la musa de Pretarca, casada en 1325 con Hugues de Sade, el hombre que con el tiempo habría de ser uno de los precursores del pensamiento heterodoxo de los siglos XIX y XX, nació en París, el 2 de junio de 1740, en el seno de una familia perteneciente a la más antigua nobleza. Su vocación literaria fue temprana –integrados por poemas, libelos y comedias, sus textos de adolescencia son tan copiosos como valiosos–, pero habría de ser la de armas la carrera que emprendiera al ingresar en 1754 en una academia de caballería. Tres años después, con el grado de subteniente, toma parte en la campaña de Prusia dentro de la Guerra de los Siete Años.



Finalizado el conflicto, el marqués es capitán, pero la fama de disoluto que se ha ganado con sus excesos con las mujeres de la guarniciones, pesa más sobre su reputación que el valor demostrado en los combates. Las primeras divergencias con su padre, un diplomático tan intachable como es menester, no tardan en surgir. Dispuesto a atajar la mala reputación de su hijo, dispondrá su boda con Renée Pélagie Cordier de Launay. Huelga decir que ello no será óbice para que Donatien continué con su relación adulterina con Laura de Lauris y con su afición a ciertas orgías en las que no faltan flagelaciones, camas redondas y demás disipaciones.

Unas y otras le llevaran por primera vez a la cárcel en 1764. Puesto en libertad algunos meses después, será expulsado de París. El primero de su grandes escándalos tiene lugar en Arcueil, el 3 de abril 1768; el segundo, acaecido en Marsella el 27 de junio de 1772, le valdrá una condena a muerte por sodomita y envenenador. Huido a Italia junto a su cuñada –según parece su gran pasión–, su suegra personalmente se encargó de su detención.

Recluido en la fortaleza de Miolans en diciembre de 1772, en abril del año siguiente considera escaparse de ella. De las muchas residencias que habita con posterioridad, pasará a la historia el castillo de la localidad provenzal de La Coste por las orgías que allí celebra. Será en dicha fortaleza donde volverá a ser detenido para permanecer en la cárcel hasta 1790, año en que le libera la Asamblea Constituyente.



Es durante este nuevo periodo de reclusión cuando redacta algunas de sus obras más conocidas. Tales son: Diálogo entre un cura y un moribundo (1782), en cuyas páginas deja constancia de un sincero ateísmo, y Las ciento veinte jornadas de Sodoma (1785). Recuperada la libertad con el nuevo régimen, compaginará la presidencia de la sección revolucionaria de Piques con la escritura de textos para la escena. Pero los republicanos desconfían tanto de él como los monárquicos.

Vuelto a encarcelar en 1793 tras salvarse de la guillotina, antes de volver a prisión ha tenido tiempo de escribir su obra más conocida, Justine o las desventuras de la virtud (1791), una de las pocas novelas que se le permitirá publicar en vida. Liberado en 1794, el escándalo suscitado por sus escritos, en los que se muestra nihilista hasta el punto de satirizar al mismísimo Napoleón, le llevará de nuevo prisión en 1801. De la cárcel pasará al manicomio de Charenton, permaneciendo recluido hasta su muerte en 1814.

De los 74 años vividos por el divino marqués, treinta de ellos se consumieron en la cárcel. La mayor parte de sus obras fueron prohibidas por la censura de todos los países hasta el siglo XX. Antes de que se permitiera su libre circulación, Donatien-Alphonse-François de Sade había sido reivindicado por cuantos autores y artistas que se han rebelado contra los valores y las obligaciones de la sociedad burguesa. Desde los poetas malditos hasta los surrealistas, desde Nietzsche a Sartre, pocos autores han ejercido una influencia tan grande en la heterodoxia de los últimos dos siglos como el marqués.

Charles Robert Maturin


El último y más grande de los góticos



Es a Charles Robert Maturin a quien corresponde la cumbre de la novela gótica en los mismos días en que aun se conservaba un recuerdo nítido de las obras de Ann Radcliffe, Matthew G. Lewis, William Beckford y –aunque esto último obra en su favor– de ese desatino alumbrado por Horace Walpole en 1764 bajo el título de El castillo de Otranto.

De él, de Maturin, dejó dicho Lovecraft con el acierto que caracteriza casi todos los juicios de cuantos le precedieron en el cultivo de la literatura alucinada “fue el último y más grande de los góticos”. Tras Maturin, el género no hizo sino iniciar un vertiginoso descenso que sólo remontaría con Poe, “deidad y referencia de toda ficción diabólica” (Lovecraft). Admirado igualmente por los grandes románticos ingleses –Walter Scott y Byron fueron sus padrinos–, el gran Maturin murió pobre y arruinado. Aumentado así, si cabe, su grandeza.



Nacido en Dublín, el 30 de octubre de 1782, fue el padre del futuro escritor un funcionario estatal cuya familia, de origen francés como su propio apellido indica, halló refugio en la capital irlandesa después de que el Edicto de Nantes desatara en Francia las persecuciones contra los hugonotes. Educado en el Trinity College de su ciudad natal, cuyas aulas, cincuenta años después, acogerían a Bram Stoker, Maturin obtuvo el título de bachiller en artes en 1800.

Casado con Henriette Kingsbury en 1802, el matrimonio le impidió continuar los estudios, yéndose a ordenar sacerdote en 1803. Su primer destino fue el de coadjutor en Longhrea, cargo que con posterioridad desempeñaría en la iglesia de St. Peter de Dublín. Aquellos primeros años de matrimonio, habrían de ser los últimos que disfrutara de cierta estabilidad económica. Mucho fue el tiempo libre de que disponía y lo emplea en la que, junto con las mujeres, habría de ser su gran afición: la lectura.

Fruto de aquella pasión por las literaturas clásicas, sus favoritas según se desprende de la relación de títulos que nos propone uno de los personajes de The wilde irish boy (1808), nace su primera novela, La venganza fatal o la familia de Montorio, que da a la estampa en 1807 con el seudónimo de Dennis Jasper Murphy. El mismísimo Walter Scott no escatimará elogios al texto en la reseña que le dedica en la Quaterly Review. Tanto es el entusiasmo que Maturin despierta en el autor de Ivanhoe que viene a demostrar una cosa: el ideal de la narrativa romántica es gótico por excelencia.



Ascenso y caída en el teatro

Tras la muerte de su padre en 1809, perdida con su progenitor la renta que le dispensa, Maturin sabrá de las estrecheces económicas. Ante este panorama se empleará como profesor particular. Pero las lecciones que imparte a domicilio a sus pupilos no tardarán en dar paso a una dedicación plena a la literatura. Tras una nueva novela aparecida con su seudónimo habitual, The milesian chief (1811), decide renunciar al nombre de pluma. Escribe a Scott para ponerle al corriente de su verdadera identidad.

Entre los dos escritores no tardará en surgir una amistad que se mantendrá hasta la muerte del que nos ocupa. Por mediación directa de Scott y con el asesoramiento de Byron, en 1816 Maturin estrena en 1816 en el New Theatre Royal de Londres su drama Bertram o el castillo de San Aldobrand. Pero el aplauso que nuestro escritor recibe como autor dramático será breve. Sus siguientes piezas para la escena –Manuel (1817) y Fredolfo (1819)–, al igual que una nueva novela –Women (1818)– constituirán sonados fracasos.



Obra maestra

Cuando todo el mundo parecía dar por terminada la carrera literaria del disoluto y extravagante clérigo que Maturin fuera durante toda su vida, el escritor da a la estampa su obra maestra, Melmoth el errabundo. En sus páginas se nos refiere el dilatado periplo de John Melmoth a lo largo de dos siglos de inmortalidad. El clásico tema del pacto diabólico alcanza aquí una de sus cotas más altas.

Melmoth –para Balzac a la altura del Fausto de Goethe– en el terreno sobrenatural es una síntesis de Mefistófeles y el vampiro. En lo que a sus formas terrenas y a su libertinaje se refiere, se encuentra próximo al dandi byroniano. Aburrido por la vida eterna, que elimina el azar, de los siniestros manicomios ingleses viaja a la España de la Inquisición sin otro deseo que traspasar su triste destino a otro desdichado tan ambicioso como lo fuera él antaño.

Además de Balzac, quien retomó la figura de Melmoth en Piel de zapa, también fueron admiradores confesos de Maturin: Thackeray, Rossetti, Baudelaire y Poe. Ahora bien, ninguno de ellos llegó tan lejos como Oscar Wilde, quien, en su exilio parisino tras su experiencia carcelaria en Inglaterra, se hacía llamar Sebastian Melmoth en homenaje a Maturin. El clérigo que habría de legarnos algunos de los más bellos horrores que ha dado la literatura universal murió en la pobreza. Era el 30 de octubre de 1824.

Ann Radcliffe

La reina de lo gótico


La reina de lo gótico, tal y como la llaman los aficionados al género, abandonó la literatura consumida por la melancolía en que la sumieron la pérdida de sus padres y la enfermedad degenerativa que se apoderó de su marido. Sorprende que la tristeza le llevara a dejar la pluma en lugar de a cogerla con más fuerza, presta a dar cuenta de sus tristezas. Pero sorprende más que una puritana, pues eso era Ann Radcliffe al igual que cualquier otra inglesa de su clase y de su época, alumbrara los horrores que alumbró en textos como: Los misterios de Udolfo (1794) y El italiano o el confesionario de los penitentes negros (1797).



Nacida en Londres, el 9 de julio 1764, fue la de miss Oates –Radcliffe era el apellido de su marido– una familia acomodada. Prósperos comerciantes, no faltaban entre ellos amantes de la cultura. Si bien la educación que procuraron a la joven quedó reducida a algunas nociones de arte y a otras de música, las aficiones de la muchacha a la lectura alimentaron su espíritu creador. Apunta Agustín Izquierdo en el prólogo a la última edición española de El italiano que, entre las obras favoritas de la joven Ann, siempre destacó Macbeth. Ello podría explicar esa pasión de la autora por el tenebrismo.




Casada en 1787 con William Radcliffe, de quien como toda abnegada esposa de su tiempo tomará el apellido, aunque su marido es estudiante de Derecho acabará por dedicarse al periodismo. Propietario mister Radcliffe del semanario English Chronicle, alentará en todo momento la actividad literaria de su esposa. Ya en su primera novela, The castles of Athlin and Dunbayne” (1789), deja constancia de que sus presupuestos estéticos están basados en los principios expuestos por Edmund Burke en Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello (1756). Según estos, cuanto puede excitar la idea del dolor o del peligro es fuente de algo sublime.

Enmarcada de lleno en el género que causa furor entre los lectores de la segunda mitad del siglo XVIII, Ann Radcliffe conoce el éxito desde sus primeras publicaciones. Justo es señalar que su obra es muy superior a la de Horace Walpole y que con ella la novela gótica alcanzará su máximo esplendor. Casi siempre enmarcadas en Italia –más por el consabido prejuicio anglosajón ante el mundo latino que por un verdadero conocimiento de la escritora de aquella península, habida cuenta de que la única vez que salió de Inglaterra fue para viajar por Francia y Alemania–, publica A sicilian romance (1790) y The romance forest” (1791). Los castillos en ruinas, las puertas misteriosas, las músicas embriagadoras y los espectros que pueblan sus páginas, en las que bellas doncellas son objeto de una despiadada violencia, son capaces de suscitar un temor inusitado en el lector. De no ser por la maestría de la autora, difícilmente hubiera podido admitirse tanta truculencia y tan inverosímil sin esa carcajada que inspiran los terrores que no asustan.



Un mundo tenebroso y laberíntico

Los misterios de Udolfo, primera de las obras maestras de Radcliffe, ve la luz en 1794. En ella se nos propone la triste experiencia de Emilia de St. Aubert. Es ésta una bella gascona, huérfana y tutelada por una cruel tía casada con un siniestro italiano, el señor Montoni. Para apartar a la joven de Valancourt, su amor, sus tutores la recluirán en el castillo de Udolfo, tétrica fortaleza de los Apeninos donde la autora pondrá en marcha en marcha toda la terrorífica imaginería gótica o, si el lector lo prefiere, romántica.


Tres años después, mientras las ediciones de Los misterios de Udolfo se siguen sucediendo, Ann Radcliffe da a la estampa El italiano o el confesionario de los penitentes negros. Su argumento es una variación de la misma propuesta incluida en su primera entrega. En esta ocasión, nuestra heroína responde al nombre de Ellena di Rosalba; el malvado, al de Schedoni. Sienta éste las bases de un prototipo del género: el del clérigo despiadado, que tanto complace al lector anglosajón, ávido de tener noticias de las crueldades de “los papistas”. Secuestrada por Schedoni, la bella Ellena será arrojada a un mundo tenebroso y laberíntico donde el convento –uno de los principales ámbitos del terror gótico– precede al castillo.


Para desgracia de los aficionados al género, tras la publicación de El italiano o el confesionario de los penitentes negros, su autora deja la pluma. Únicamente volverá a cogerla en el otoño de sus días para escribir Gastón de Blondeville. Será una ficción ambientada en la Edad Media, más cerca de la novela histórica que de la gótica, de publicación póstuma. Ann Radcliffe, cuyo talento hace que olvidemos sus muchos prejuicios ante el mundo latino, murió en Londres, el 7 de febrero de 1823.

Horace Walpole


(24 de septiembre de 1717 - 2 de marzo de 1797)






Cuarto conde de Orford, novelista inglés nacido en Londres. Tras estudiar en el Eton College y la Universidad de Cambridge, viajó por Francia e Italia con el poeta inglés Thomas Gray. Walpole se convirtió en Parlamentario en 1741, actividad que desempeñó hasta su jubilación, en 1768. Su carrera política se limitó al ejercicio de cargos menores, a los que accedió inicialmente gracias a la influencia de su padre, el primer ministro Sir Robert Walpole. En 1748, Walpole compró la villa de Strawberry Hill, en Twickenham, una zona residencial situada al oeste de Londres. Esta finca se convirtió en un lugar de interés público por su arquitectura pseudogótica, su espléndida biblioteca y sus colecciones de arte y curiosidades.




Walpole instaló allí una imprenta en 1757 y editó libros exquisitos que influyeron en el desarrollo de la impresión y la producción editorial en Inglaterra. Se interesó esporádicamente por todas las artes literarias y realizó una importante aportación a la historia del arte con su estudio en cuatro volúmenes Anécdotas de los pintores ingleses (1762-1771). Sin embargo, Walpole es conocido ante todo por su novela El castillo de Otranto (1764); repleta de elementos sobrenaturales, es una de las primeras obras del género conocido como relato gótico. Escribió también La madre misteriosa (1768), una tragedia sobre el tema del incesto. Su fama literaria reside igualmente en sus cartas, que contienen ingeniosos e incisivos comentarios sobre las costumbres de la época.





Obras:

Some Anecdotes of Painting in England (1762)
The Castle of Otranto (1764)
The Mysterious Mother (1768)
Historic Doubts on the Life and Reign of Richard III (1768)
On Modern Gardening (1780)
A Description of the Villa of Mr. Horace Walpole (1784)
Hieroglyphic Tales (1785)

Lewis Carroll



1832-1898


“Comienza en el principio”, dijo el rey, muy seriamente, “y continúa hasta que llegues al final: entonces detente”.





Charles Lutwidge Dodgson es el verdadero nombre de Lewis Carroll (Daresbury, Cheshire, 27 de enero de 1832 - Guildford, Surrey, 14 de enero de 1898). Sacerdote anglicano, lógico, matemático, fotógrafo y escritor. A los 18 años, ingresó en la Universidad de Oxford, en la que permaneció durante cerca de 50 años.

Poco es lo que hay que decir, aparte de estos hechos, acerca de la vida del Reverendo Dodgson. Vivió 66 años tan tranquilamente como puede hacerlo cualquier otro hombre, y el trabajo y ocupación de su vida, así como su diversión favorita, fueron las Matemáticas.

Padeció de insomnios durante toda su existencia, y pasaba noches enteras despierto, con los arduos problemas matemáticos dando vueltas en su cabeza, y tratando de descifrarlos. Escribió diversos libros sobre la materia y el más interesante de ellos se titula: Euclides y sus modernos rivales.



"Si no sabes dónde vas, cualquier camino sirve."

Sus cuentos vieron la luz con el seudónimo Lewis Carroll. Quizá la razón de esto fuera su extraordinaria timidez ante las gentes, es decir, ante los adultos. Tenía pocos amigos en la plenitud de su desarrollo y crecimiento, y como era tímido, se retrajo de los adultos y creó sus amistades entre los niños, especialmente entre las niñas pequeñas; los comprendía perfectamente y era su natural y delicioso compañero. Fácilmente tomaba parte en sus juegos; inventaba siempre algunos nuevos y les contaba cuentos e historias.




La Alicia real y verdadera era la hija de su amigo el diácono Liddell, la cual, mucho más tarde, relató cómo esos cuentos caprichosos que aún deleitan a los lectores de todas las edades y de todos los países les fueron referidos a ella y a sus dos hermanas:

"No quiero caminar entre locos", dijo Alicia. "Oh, no puedes hacer nada", le respondió el gato, "todos estamos locos aquí".


"Muchos de los cuentos del Sr. Dodgson nos fueron contados en nuestras excursiones por el río, cerca de Oxford. Me parece que el principio de "Alicia" nos fue relatado en una tarde de verano en la que el sol era tan ardiente, que habíamos desembarcado en unas praderas situadas corriente abajo del río y habíamos abandonado el bote para refugiarnos a la sombra de un almiar recientemente formado. Allí, las tres repetimos nuestra vieja solicitud: cuéntenos una historia, y así comenzó su relato, siempre delicioso. Algunas veces para mortificarnos o porque realmente estaba cansado, el Sr. Dodgson se detenía repentinamente diciéndonos: esto es todo, hasta la próxima vez; ¡ah, pero ésta es la próxima vez!, exclamábamos las tres al mismo tiempo, y después de varias tentativas para persuadirlo, la narración se reanudaba nuevamente".



"Si así fue, así pudo ser; si así fuera, así podría ser; pero como no es, no es. Eso es lógica."

En 1895 escribe en su diario «consagro todo mi tiempo a la lógica» y termina la redacción del libro Lógica simbólica”. Obsesionado hasta el último mes de su vida por reglas de cálculo acelerado. Muere el catorce de enero de 1898 a consecuencia de una bronquitis, unos días antes de cumplir los 66 años.



“Hay trescientos sesenta y cuatro días en los que deberías obtener regalos de no-cumpleaños, y sólo uno para regalos de cumpleaños, sabes”.
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